Cuando Jesús camina, Alcalá camina con Él. Quedó demostrado en el Via Crucis de las Hermandades que presidió la imagen del Nazareno, siguiendo el orden establecido por el Consejo de Hermandades. Lo excepcional de la cita venía acrecentado porque el turno anterior la lluvia impidió su salida y porque también se frustró la procesión extraordinaria por el 425 aniversario.

Pero Jesús transita por encima de lo especial para ser siempre Él mismo. Eran distintas las fechas, las andas, el recorrido, también la luz, pero Él siempre es el mismo. Allí estaba sobre los viejos paños dorados que son historia de la hermandad y que hicieron de canastilla, el morado de las flores a sus plantas, la luz de los candelabros de San Juan para iluminarlo. Con su figura enhiesta, perfilada con la túnica de los cristalitos, que jugaba a dibujar brillos sobre su rostro, con el ángulo exacto en el compás de las piernas, con el arco de la espalda como la curva de un orbe sobre el que la cruz descansa, con las manos fuertes en la fisonomía, pero delicadas en el gesto, como acariciando la  madera en la que van prendidas la culpas que camina para redimir, con los pies desnudos hollando la tierra como un hombre que busca, que avanza, que sabe el camino, como un hombre al que merece la pena seguir. En su rostro estaba el mismo gesto, la dulzura del hombre que en el sufrimiento encuentra el amor de Dios y con él la paz y la redención. Su apostura de canela siempre transmite toda la calma que necesita quien lo mira.

Es el poder de nuestro Jesús, que aún estando rodeado de gente, siempre está a solas contigo. Aquí también. Lo seguía una multitud, andando sus pasos, avanzando a su compás, pero al mirarlo su vista estaba fija en ti, como si los dos estuvierais solos y así es más fácil, la oración, la emoción, las palabras y el encuentro. Pasó lo que siempre pasa en Alcalá cuando Jesús está en la calle. No hay nada más, sólo Él queda, la Cuaresma se llenó con su presencia y todo cobró sentido.

El relato del Via Crucis se desarrolló con la oración de las estaciones, que al lado de la imagen de Jesús, se entienden mejor. Si se mira a Jesús, si se busca en la expresión de su rostro, en la tensión de sus manos, se siente casi real, lo que se nos va contando. Y en paralelo la hermosa narración de las saetas de Alcalá, que suenan como un eco ancestral traído desde muy atrás. Tan nuestro que parece como una esencia etérea que estuviera siempre flotando en el aire hasta que alguien lo conjura para concentrarlo en su garganta y volver a lanzarlo al aire modulado en unos requiebros que tienen el acento con el que Alcalá le habla al Nazareno.

Desde Santiago a San Sebastián; de San Sebastián a Santiago, trazó Jesús la historia de la vieja fe de Alcalá, la que irradió el crecimiento de devociones más allá de los límites ancestrales del pueblo. Con su cruz hendió el suelo dejando surcos de devoción por otras calles. Recortó su figura en otros portales, en otra cal y otros verdes, como el precioso dosel que le pusieron los árboles del Callejón del Huerto. Enfrentó su figura a otros cielos, al azul declinante de la tarde, que le daba, entre dos luces, dimensión de postal barroca.  Y como un peregrino que sufre con los rigores del camino, subió cerros y bajó las cuestas que lo conducían de regreso a su templo. En la noche, horadó las tinieblas para que la luz de su presencia marcara el camino de vuelta y al llegar a Santiago caminó entre las bóvedas, transidas de tiempo y devoción, poniendo Él la única luz. Una jornada que quedará en el recuerdo de la Hermandad, de los cofrades y de la ciudad escrita con la letra con la que Jesús lleva siglos marcando la historia de Alcalá.

Fue una inmensa manifestación de respeto, devoción y cariño, donde estuvo presente esa forma tan humana que tiene Alcalá para acompañar a Jesús, para hablarle a Jesús, como se habla a quien sabemos que nos conoce tan bien, que entiende todo lo que le contamos. Y aunque fue una verdadera movilización social, en lo esencial, todo fue sencillo y cercano. A la medida de quienes lo buscan, como pasa siempre con Jesús. Un hombre y su gente, un Dios y su pueblo. Cristo en la calle, andando el camino que le lleva hacia los hombres. La devoción de cada día, caminando a tu lado. Con esa intimidad que la mirada de Jesús es capaz de crear con quien le reza. Los dos entre la gente, los dos solos, haciendo camino al andar.